jueves, 16 de junio de 2016

Una leyenda de Templarios en Tierra de Campos: Margaritas y Amapolas.

Una leyenda de Templarios en Tierra de Campos: Margaritas y Amapolas. 

Por  Francisco Rubio   16-6-2016
Publicado en el Agora de Tierra de Campos. Copyright

Cuando esta lluviosa primavera del 2016 está a punto de concluir, cuando la lluvia ha cumplido su cometido natural de regar los campos de la manera más abundante posible, cuando el calor del verano en este cuarenta de mayo nos permitirá quitarnos el sayo … de una vez, cuando en los campos … bueno, en algunos pequeños trozos de los campos, se dejen crecer las amapolas o las margaritas, nos viene a la memoria una curiosa leyenda, llamada precisamente así, Margaritas y amapolas.

Dicha leyenda nos la dio a conocer hace años Jose Ramón, a través de la página que editó sobre Ceinos de Campos  (http://www.ceinos.com/), un pueblo que está a escasamente 30 km de Villanueva del Campo, en la carretera que une Becilla de Valderaduey con Valladolid. El relato se referencia geográficamente en los textos antiguos como sucedido en “Paiares”.



Según las investigaciones llevadas a cabo Jose Ramón, este Paiares correspondería a un despoblado ubicado cerca de Ceinos de Campos, localidad donde hubo una gran iglesia templaria no hace mucho desaparecida. Algún otro autor señala que ese Paiares seria Pajares de la Lampreana, donde tienen una ermita con la imagen de la Virgen del Templo, porque allí también los templarios tuvieron presencia.

En cualquiera de los casos, estamos hablando de una Leyenda de Tierra de Campos.

La leyenda se temporiza en una época  muy especial, como es el siglo XIII y a pesar del titulo y de sus peculiares protagonistas, El Cabildo de la Catedral de León y la Orden del Temple, el tema que trata, el pago de impuestos a los "políticos de la época", está de plena actualidad, por lo que pasamos a transcribirla:


MARGARITAS Y AMAPOLAS   
Por Jose Ramón, de Ceinos de Campos

Las tierras de Paiares, pertenecían a la encomienda templaria de Ceinos, pero se dio el caso, en el año 1291, que sus habitantes eran vasallos del Cabildo de León, por lo que se promovió un pleito entre dicho Cabildo y los Templarios sobre cuál de los dos estamentos tendría que recibir el diezmo de los campesinos. La cuestión se resolvió de forma salomónica, recibiendo el Temple y el Cabildo leonés aquel impuesto a partes iguales.

Este problema económico había ocasionado enfrentamientos entre población, caballeros templarios y representantes leoneses que no siempre se dirimieron pacíficamente. Más de una vez llegaron a relucir espadas, puñales y garrotes, y más de un batallador defensor de sus presuntos derechos sufrió graves consecuencias de estos apaleamientos.

La cosa fue, en algunos momentos de la historia, verdaderamente grave. Las dos partes en litigio querían hacer valer sus derechos y así ocurría que, cuando el Temple cobraba a sus campesinos el diezmo de la añada correspondiente, al poco, eran los leoneses los que por la fuerza repetían la acción y así, los pobres vasallos, sin comerlo ni beberlo y nunca mejor aplicado el símil, que de hambre sucumbían ante tanto impuesto, pagaban doble soldada a sus dos señores superpuestos. Y no se crea que la cuestión no ocurría al revés. Si el primer cobrador era leonés, el segundo lo era templario. El resultado para el pagador, el mismo: año de miseria.




En el siglo XIII los conceptos de vasallaje y sometimiento del campesinado a los señores feudales de sus tierras, era un concepto social asumido totalmente. La obligación del pago del diezmo a cambio de tierras que labrar y soldados que les defendieran, era cosa asumida por el trabajador. Cada orden social en esa época, estaba en su sitio y cada sector asumía su papel automáticamente.


Sin embargo, a mediados de dicho siglo, allá por los años de 1260, ciertas voces discordantes se alzaron desde el seno de la propia Iglesia y doctrinas, que enseguida fueron consideradas como heréticas, trataron de defender con vigor desde el campo de la religión, los derechos de los más humildes, tratando, a la vez, de suprimir los abusos que en algunas circunstancias y siempre por la fuerza, eran ejercidos contra ellos.


Así llegaron a Paiares unos monjes venidos de no se sabía dónde, que empezaron a predicar su mensaje por plaza y calles, afirmando la igualdad total de los hombres, el sometimiento del poder eclesial a los valores morales de los hombres y la desvinculación de los poderes terrenales de todo lo que moralmente no fuera justo. Tales mensajes, sembrados entre una población empobrecida por la doble imposición, forzada por las circunstancias de las que eran ajenos, condenados a la hambruna permanente y sin posibilidad de defenderse de tal injusticia, por la obediencia debida a unos como señores feudales y a otros como vasallos eclesiásticos, calaron rápidamente y pronto se estableció un movimiento, primero dialéctico y luego de acción contra los opresores económicos, desmitificados por los razonamientos monjiles.



Sembrada la semilla y comprobado que había caído en tierra de buena calidad y mejor abono, los monjes desaparecieron igual que llegaron, sin saber a dónde ni por dónde. Pero la revuelta estaba servida y, aunque momentáneamente larvada, pronto fructificaría de forma visible.

Cuando al siguiente año, se cuenta que en 1263, llegó la época de la recaudación, primero cobró el más listo de los señores, y luego, al poco, lo pretendió el segundo. El pueblo, que recordaba perfectamente las prédicas recibidas y que en consecuencia, se sentía moralmente protegido en su derecho a no pagar doble por sencillo, decidió acabar con tal situación y al menos, conseguir por un año poder comer.

Así que, dirigidos por uno de ellos, no importa cuál, se reunieron en cónclave civil y después de largas discusiones, decidieron actuar en defensa de sus cosechas y dineros. Acordaron reunir a sus señores aprovechando la fiesta patronal, hondamente respetada por todos. Cursaron las correspondientes llamadas a las partes y consiguieron que el día del patrono, frente a la ermita de su santo, se reunieran templarios y leoneses, junto a las fuerzas vivas campesinas. Allí, cuando todos esperaban una ceremonia religiosa, tal como la tradición mandaba, el cabecilla de los campesinos habló así:

Caballeros templarios: con vuestras mentiras y añagazas habéis difamado a los cabildeños leoneses. Los habéis acusado de usureros y ladrones y así habéis venido consiguiendo año tras año que nuestros diezmos fueran a parar a vuestras arcas.









Vosotros leoneses, habéis obrado con igual mala fe. Acusáis a los caballeros de herejes y blasfemos. Afirmáis que son idólatras, porque adoran una cabeza a la que consideran divina y afirmáis que en sus rituales, son obscenos y sodomitas. Así, también vosotros habéis conseguido ganar nuestro impuesto.















-Nuestro pueblo está hambriento y no puede seguir pagando a dos señores. Por tanto, aquí, ante nuestro santo patrón, os emplazamos para que dirimáis cuál de los dos dice verdad, lo que deberéis defender por vuestro honor y honra en combate incruento, en justa lid y bajo las reglas de la caballería, la cual ambos profesáis».

Tan inspirada plática en tan rudo hombre, asombró, no sólo a los dos bandos aludidos, sino más aún a sus propios convecinos. Y más se asombraron, cuando vieron que el orador les invitaba a retirarse al poblado, dejando sobre la campiña solos a los dos bandos, que habían recibido como es de suponer, como dardos de fuego envenenados las afirmaciones que se atribuían a sus contrarios.

Por más que unos juraron a otros que lo dicho era falso y que tales palabras jamás salieron de boca de ninguno de sus compañeros, ni unos ni otros se creyeron y ambos se sintieron ofendidos hasta el punto, de que ya no se trataba de atender el desafio desatado por los villanos, a los que por tales no consideraban dignos de atender, sino más bien por su propio orgullo así mancillado.

Por tanto, allí mismo y en ese mismo momento, sin más preparativos, decidieron entablar combate singular que dejara claro cuál de los dos bandos mentía. Con tal decisión, la villanía salía triunfante con la astucia del labriego, ante el poder cerrado a la razón de los orgullosos señores.

Ambos decidieron que el combate se dilucidaría sin muerte, con armas desmochadas, vamos, que se configuró una batalla a garrotazos teñida por el manto de la caballería. El resumen, en vez de palos, lanzas sin punta y espadas sin filo.

Así se inició el combate entre dos tropas, formadas ambas por buenos cristianos, hermanos fratricidas, que lucharon con tal ferocidad entre sí, que, pese a la condición no cruenta de la batalla, se saldó con muy malheridos contendientes, tanto de los unos, como de los otros.


La sangre tiñó el campo de gruesos goterones y regueros, mezclándose la de unos con la de otros. Toda era sangre cristiana y toda había sido derramada por la astucia de un vasallo, que supo enfrentar a sus dos señores. No hubo vencedores ni vencidos. Perdieron los dos bandos, que, a partir de aquel momento, quedaron deslegitimados ante sus súbditos, a tal punto, que por algunos años ninguno de los dos se atrevió a exigir el tributo, debido a la vergüenza que sentían al recordar su brutal enfrentamiento.

Pasados varios años, las cosas volvieron a intentar ser como antaño, pero en esta ocasión, los súbditos negaron el pago del impuesto a sus señores, y así ni templarios ni leoneses pudieron conseguir un sólo celemín de sus campesinos. Cuando vieron la inutilidad de sus intentos, decidieron optar por lo más razonable, someter su pleito a autoridades superiores y que éstas designaran quién tenía razón. Así se consiguió la paz y el acuerdo, tal como se ha relatado.

Lo legendario de este hecho, es que en el momento en que ambos bandos aceptaron la sentencia, que determinaba el reparto del tributo, en la campiña frente a la ermita del patrón de Paiares, donde antaño se había desarrollado tan nefasto combate, surgió espontáneamente una enorme cantidad de flores silvestres. Y esto, que puede considerarse normal, no lo es tanto, si se considera que éstas eran únicamente de dos clases: rojas amapolas y blancas margaritas. Dicen los botánicos modernos que tal mezcla de estas dos especies es imposible que se produzca en la naturaleza. Son incompatibles “per se”. Sin embargo, en Paiares este fenómeno se da. No se puede explicar el origen de tal milagro, pero ahí está.



Los genios de la tierra, esos que andan por debajo de los labrantíos, sí lo conocen. En los lugares en que cayó sangre templaria, han crecido flores rojas: las amapolas. En donde lo hizo sangre leonesa, blancas margaritas. Y allí conviven ambas, en el único lugar del mundo donde esto ocurre, para recordar el día en que ambos bandos sellaron un acuerdo que trajo paz y prosperidad a la comarca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario