viernes, 13 de octubre de 2017

La inacabada iglesia de Villardefrades

La inacabada iglesia de Villardefrades

Por Francisco Rubio (c)
Publicado en el Agora de Tierra de Campos. 13-10-2017 . Copyright 

En la comarca de Tierra de Campos hay muchas iglesias, muchas en pleno funcionamiento, unas cuantas que se han dedicado los últimos tiempos a funciones mas prosaicas como centros culturales y demás, otras muchas derruidas, como testigos mudos de un pasado que en estos pueblos de la frontera castellanoleonesa giraba de otra forma. Pero solo conocemos un caso de una iglesia que se quedo a medio hacer. Y todavía sigue a medio hacer 300 años después. Ni una piedra mas, ni una piedra menos. 

Vamos a contar el caso acontecido en Villardefrades, una localidad de Tierra de Campos englobada en la provincia de Valladolid, al lado mismo de la autovía A-VI (Madrid-La Coruña). Importante no confundirla con la otra localidad vallisoletana llamada casi casi igual “Villafrades”, ubicada en la carretera de Valladolid a León. 

En esta localidad de Villardefrades, nos encontramos una iglesia dedicada a un santo un tanto desconocido por estos lares, San Cucufate, que es el mismo que los catalanes conocen como San Cugat. Pero lo que llama realmente la atención a cualquiera que atraviese la localidad, es la monumental iglesia a medio hacer que se encuentra en el centro del pueblo y que iba a estar bajo la advocación de San Andrés. 

Un edificio propio de la arquitectura religiosa de finales del siglo XVII y principios del XVIII, construido en bellos sillares de piedra y líneas rectas y aplomadas. Contemplándola en silencio, se tiene la sensación de que los canteros y albañiles que estaban allí trabajando, se hubieran ido a almorzar y el tajo parece esperarlos para continuar. 

Uno de los numerosos relojes de sol
que jalonan las esquinas de la iglesia 
Los lugareños la denominan "La Obra" y si se les pregunta por lo sucedido, cuentan la peculiar historia que rodea al templo. 

Parece ser que a finales del siglo XVII, un hijo del pueblo fue nombrado obispo al otro lado del mundo, en una de las ciudades de Filipinas perteneciente al entonces Imperio español. Tras largos años en el cargo, dicho obispo quiso construir una gran iglesia en su pueblo natal donde bajo la advocación del santo que llevaba su onomástica, San Andrés y donde seguramente pretendiera ser enterrado “per secula seculorum”. Hechos los planos correspondientes con el estilo monumental de la época en forma de cruz latina y en una bella traza de sillares de piedra ocre, el obispo mando un barco cargado de oro a España. 


Con dichos caudales procedentes del otro lado del mundo, la gran obra de la iglesia comenzó de manera profusa por sus cuatro esquinas. Dicen que el dinero mueve conciencias y cuerpos y en este caso, canteros y alarifes hicieron alarde de su buen hacer con ese otro procedente de los confines de Asia. La obra creció y crecio hasta alcanzar casi el arranque de los arcos de sujeción de las bóvedas de cubierta. 


Cuando el dinero se fue consumiendo, el obispo mando un segundo barco cargado también de oro para que continuaran los trabajos, no habia tiempo que perder, pero parece ser que una tempestad …o los piratas, hicieron que el barco se hundiera y no llegara a buen puerto. 

Enterado el obispo, este envió un tercer barco cargado también de oro, pero el destino, que a veces es caprichoso, quiso que antes de que llegara el barco a su destino en España, el obispo falleciera. Y ahí empezó la controversia. 


Los familiares y herederos del prelado, aludiendo sus derechos, se hicieron cargo del cargamento del navío, por lo que no hubo más dinero para concluir la obra de la iglesia, la cual se paralizo en el estado mismo en el que se encontraba en esos momentos, tal y como la podemos contemplar en nuestros días. 

Si la historia es curiosa por sus avatares, lo es más que después de casi trescientos años, la polémica y la disputa judicial por la propiedad de la susodicha iglesia sigue en entredicho. Incluso algunos vecinos temen la posibilidad de que la iglesia sea desmontada y trasladada piedra a piedra al lugar que pudieran decidir sus supuestos propietarios, si es que ganaran el pleito. 

Las tres puertas del templo permanecen cerradas con rejas, pero permiten vislumbrar de manera clara su majestuoso interior. Todo el exterior se puede igualmente contemplar, llamando la atención infinidad de detalles como los numerosos relojes de sol que hay en cada esquina, trasmitiendo el conjunto la sensación de haberse detenido en el tiempo y como esperando algo. Algo que el tiempo mismo dirá el que. 

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